“Encontrar
un lugar sagrado implica siempre la manifestación de un poder inconmensurable,
un espíritu del lugar con el que nuestra especie debe entrar en
comunión. Los lugares sagrados existen en todos los países
y constituyen la configuración sagrada de la tierra”.
Vine Deloria- Sioux -, ex director del Congreso Nacional de Indígenas de EEUU.
Históricamente,
los lugares sagrados están estrechamente relacionados con la incubación
de sueños. Sobre estos sitios se construían templos de estudiado
diseño, orientación y proporciones para facilitar y amplificar
este efecto psico-físico.
Los
principales lugares sagrados de todas las culturas son llamados en general
“ombligos del Mundo”. Estos lugares conectan al ser humano con todos los
seres vivos de la Tierra y a esta con el Cosmos. Es allí donde la
energía vital del planeta fluye con más fuerza.
El
organismo sobre el que vivimos, que llamamos Gaia, la Madre Tierra, tiene
multitud de órganos, centros y conexiones, cada uno con sus características
propias, y al dirigirnos hacia ellos, damos y recibimos energía
vital. Pero podemos dañarlos o fortalecerlos de acuerdo a nuestra
actitud interna y accionar externo.
Pero
cuando los valores materiales desplazan a los espirituales, se pierde el
respeto por lo sagrado, porque se menosprecia su importancia para la vida.
Se
hace necesario, pues, un trabajo interdisciplinario entre sabios indígenas,
líderes religiosos, antropólogos, arqueólogos, historiadores,
geobiólogos, ecologistas y legisladores para emprender un relevamiento
a nivel regional y nacional de todos los sitios considerados sagrados.
El
problema de cualquier legislación que proteja a estos lugares es
que hay cierta reticencia a llamarlos lugares sagrados y se prefiere invocar
sus peculiares características naturales o históricas. Pero
la valoración de un lugar especial por su estética es simplemente
otro aspecto de nuestra sociedad materialista. Un centro de poder es un
sitio natural que posee una energía física, mental, emocional
y espiritual que no se puede valorar estética o económicamente.
No sólo hay que implementar leyes que protejan estos sitios, sino
que la actitud de respeto hacia los lugares sagrados debe partir también
de lo individual.
Cierto
“fetichismo” inherente a la naturaleza humana hace que de cada lugar (o
persona) que nos agrada querramos llevarnos un “recuerdo”. Este sentimiento
de búsqueda de posesión simbólica del objeto de nuestro
afecto, ha causado la desvastación de muchos sitios sagrados, no
sólo de sus antiguas construcciones sino también de su naturaleza.
Cada lugar sagrado es un todo integrado y si le vamos privando de sus partes,
termina por des-integrarse y con ello quedar desactivado.
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La
percepción de un lugar sagrado es también compartida por
otras formas de vida y en muchos casos acentuada por su presencia. Una
especie en vías de extinción suele buscar estos lugares como
refugios que muy bien han sido llamados “santuarios de la vida salvaje”.
Las tradiciones espirituales cuentan que ciertos animales pueden convertirse
en guardianes de estos lugares sagrados.
Las
tradiciones más antiguas del Lejano Oriente y de nuestra América
indígena nos dicen que los animales también efectúan
sus rituales y ceremonias de comunión cuando el hombre no los ve.
Algunos estudiosos del comportamiento animal, como Konrad Lorenz y Vitus
Dröscher, coinciden con esta visión. Estos rituales de las
especies no-humanas parecen estar vinculados a puntos geográficos
específicos.
En
cualquier paisaje sagrado, los humanos pueden convertirse en instrumentos
a través de los cuales la creación entera puede actuar y
expresar su totalidad, convirtiéndose en un punto focal de entendimiento
y comunicación. Esta intercomunicación se logra a través
de determinadas ceremonias y rituales. Las ceremonias sagradas y las peregrinaciones
son formas de retornar esta energía recargando sus canales. Pero
una transmisión de fuerzas contaminadas o negativas puede dañar
seriamente estos centros. Así ha ocurrido con muchos lugares sagrados
que se han convertido en una simple atracción turística.
Sobre
la “piel” de Gaia, cada centro de poder tiene una función específica,
como los puntos de acupuntura en nuestro cuerpo. Los centros de poder utilizados
por las culturas indígenas no deben ser violados, dañados,
destruidos o usurpados por aquellos que sólo ven el valor económico
de las tierras.
Los
seres humanos no tenemos el derecho de degradar a nuestra Madre Tierra.
Si no recuperamos la armonía con la naturaleza los daños
que le inflijamos se volverán en nuestra propia contra. Cuando los
seres humanos profanan, alteran o interfieren con un centro de poder, están
causando un serio desequilibrio, del cual sólo se puede esperar
una reacción negativa. La continua explotación de los centros
vitales de Gaia están causando un serio desequilibrio en su salud:
cambios climáticos, terremotos, erupciones volcánicas, huracanes,
inundaciones, pestes, etc. La madre Tierra está siendo contaminada
y se está debilitando y enfermando porque sus centros vitales han
sido dañados. Para curarlos se necesita preservarlos y protegerlos,
porque si ella muere, todos moriremos.